El legado de la familia García

Manuel del Pópulo Vicente García nació en Sevilla en 1775. Sus orígenes fueron humildes y poco auspiciosos. Su voluntad férrea, una ilimitada aspiración por la excelencia y una ambición a la medida de su valentía lo llevaron al nivel más alto del arte en su época y, a través de su legado y el de sus hijos Manuel Patricio García, María Malibrán y Pauline Viardot, a hacerse un lugar fundamental en la historia de la música y el arte del canto. 

Comenzó su educación musical en contrapunto, teclado y violín en Sevilla. Se trasladó a Cádiz para empezar su carrera profesional como cantante de tonadillas, breves piezas teatrales en las que se alternaban las partes habladas y las cantadas, cuya música se basaba en ritmos y aires populares del folclore andaluz como las boleras, las seguidillas, las tiranas y los polos. Durante quince años se empleó como cantante en Cádiz, Madrid y Málaga, ascendiendo desde los papeles más pequeños a los roles primarios de cantante. Fue director artístico en Madrid durante varias temporadas teatrales y se desarrolló como compositor, primero de tonadillas y más tarde de operetas. En 1807 dejó España para siempre y se dirigió a París, donde logró con durísimo trabajo hacerse un lugar como tenor en la ópera italiana de la época. Allí presentó su más famosa composición: la ópera monólogo El poeta calculista y el estreno fue tan exitoso que García tuvo que repetir cuatro de los diez números musicales. El célebre crítico y maestro François-Joseph Fétis aseguró que aquella fue la primera vez que se escuchaba música española en París. El polo del contrabandista de esta ópera se hizo tan popular que, a través de los años, Víctor Hugo, Franz Liszt, George Sand, Robert Schumann y hasta Federico García Lorca se alimentaron de su tema musical o lo incluyeron en sus creaciones.

En busca de conocimiento y experiencia, instaló a su familia en Nápoles, donde educó su voz bajo la guía del tenor Giovanni Anzani, que había triunfado en los años setenta y ochenta del siglo anterior y se había desarrollado como pedagogo en la escuela de los castrati. El viejo maestro le transmitió el legado de la escuela italiana del siglo XVIII y Manuel expresó que requería de sus alumnos una entrega “que ningún cantante profesional puede imaginar en realidad.” Pocos años después, García se había convertido en uno de los cantantes más famosos y mejor pagos en Italia y trabajaba asiduamente con Rossini, quien escribió para él el papel del Conde de Almaviva de El barbero de Sevilla. En una entrevista, pocos meses antes de su muerte, Rossini expresó: “Yo he saboreado mucho la música española. García, el padre de la Malibrán, mi amigo del alma, cogía la guitarra y rasgaba las cuerdas con tal arte y tal calor que parecía tocar en las cuerdas de mi corazón. […] De este culto que yo tengo por la música española y de esta amistad por García hay algunos recuerdos en el Barbero.”

A partir de entonces, la carrera de García fue en ascenso, las críticas de la época destacan su virtuosismo en el estilo florido, su capacidad para improvisar, su sensibilidad musical y su compromiso dramático. Vocalmente, era un verdadero representante del bel canto. Al decir de un crítico: “Su estilo es el más florido que se pueda encontrar, incluso hasta la exageración. Sin embargo, percibimos una voz ecuánime que, rara vez, por no decir nunca, produce un sonido desagradable. Incluso en los momentos más apasionados y en las transiciones […] nunca canta un compás sin darle el énfasis y la seriedad que gusta por igual al profano en la materia, al experto o al aficionado exigente. He oído a García muchas veces y no recuerdo un mal papel o una nota falsa, a pesar de su excesivo y abrumador tono de voz.” 

El gran tenor Adolphe Nourrit, alumno de García y creador de todos los roles principales en las óperas francesas de Rossini, transmitió su testimonio al escritor Ernest Legouvé: “García reunía el conocimiento de un verdadero compositor y el talento de un maravilloso virtuoso. Nourrit me dijo que antes de su debut fue a pedirle algunos consejos.” García le pidió a Nourrit que cantara el aria que había llevado, Pria che spunti, de la ópera Il matrimonio segreto de Cimarosa: “Al llegar a la cadencia, Nourrit ejecutó una línea florida de buen gusto. “Muy bien, cántame otra,” pidió García. Nourrit cantó una segunda. “Cántame una más.” Nourrit cantó una tercera. “Cántame otra.” “No tengo más ideas,” respondió Nourrit. “¿Después de tres cadencias? Un verdadero cantante debe ser capaz de improvisar por lo menos diez o veinte. El único cantante verdadero es el que es un verdadero músico.”

Ávido de nuevos horizontes, García llevó la ópera italiana por primera vez a Estados Unidos, donde dirigió una compañía artística integrada por su familia y varios cantantes italianos. Allí, con medios precarios, estrenaron El barbero de Sevilla, Otello y Don Giovanni, entre otros títulos, y se consolidó como artista su hija, María Malibrán, la legendaria cantante que habría de hacer historia en los teatros europeos. Edmund Kean, el trágico inglés más famoso de la época, asistió a una función del Otello de Rossini en Nueva York y elogió el trabajo de García. Según la prensa: “Después del segundo acto, cuando García dejó el escenario, fue abordado por Mr. Kean, quien se presentó a sí mismo y le expresó su admiración por la forma excelente en que había interpretado el papel de Otello y la perfección con la que había bordado uno de los personajes más difíciles. La respuesta fue que la aprobación de un maestro en este arte era uno de los halagos más valiosos y la recompensa más agradable que pudo recibir.”

Después de trabajar durante varias temporadas en el teatro en Ciudad de México, García terminó su carrera en París, la ciudad en la que había logrado sus mayores éxitos y donde todavía, tras años de ausencia, era tenido por modelo interpretativo de Don Giovanni, Otello y Almaviva. Al retirarse del escenario, se dedicó de lleno a la pedagogía y a la composición, tareas que siempre había mantenido durante su carrera como cantante, como el trabajador incansable del arte que fue durante toda su vida. En sus últimos días fue reconocido por sus contemporáneos como artista, maestro y compositor, pionero en la popularización de la música española en Europa. García falleció en 1832 y por ese entonces, su legado se materializaba ya en el éxito fulgurante de la hija que había formado como músico y cantante: María Malibrán.

En 1828, un año después de la llegada María a París, los críticos de la publicación Le globe escribieron: “Por todas partes es completa la decadencia, ya no vemos escuelas, ya no hay conservatorios: falta de estudios preliminares, de originalidad e inspiración, es todo lo que se halla en esos pretendidos cantantes que corren el mundo hoy día. […] Por una parte, una monotonía insoportable se ha amparado de la escena musical: la uniformidad de adornos se ha hecho tal que nos imaginamos oír siempre la misma pieza y el mismo cantante. Por otra parte, los estudios preliminares han sido completamente abandonados. ¿Quién sería en el día tan tonto que consagrara seis años de su vida sólo en hacer escalas diatónicas y cromáticas, saltos de tercera, cuarta, quinta, etc., trinos, apoyaturas y demás como hicieron en su juventud los Caffarellis, los Farinellis, los Marchesis? Hay un medio mucho más pronto para hacerse cantante: se aprende a vocalizar, haciendo entre bien y mal los pasajes y calderones de Rossini, y con tal que no fallen más de dos notas de tres, ya se sabe lo bastante […] ¿qué es del arte? ¿qué de la pobre música…? Jamás ha venido profeta más a tiempo para reanimar la fe muriente y hacer floreciente la palabra de vida. Ella es como el último vástago de aquella gran familia de los verdaderos cantantes que nosotros mirábamos ya como extinguida: se puede decir que ella nos ha sido concedida para que no se llegase a romper la cadena de las tradiciones musicales. Hija de un verdadero artista, madame Malibran ha pasado por la prueba de esos largos ejercicios preliminares que Porpora y Scarlatti imponían sin piedad a sus discípulos. Las bellas proporciones del frasear, esta ciencia tan esencial para un cantante, la vocalización, la acentuación, la pronunciación, todos estos misterios del arte, no ha sido pues por la rutina como se ha iniciado en ellos, sino por medio de severos estudios. En una palabra, su educación ha sido la de los cantantes de la antigua escuela […]”

George Sand escribió: “Vi a la Sra. Malibran en Otello. Me hizo llorar, estremecerme, en una palabra, sufrir como si hubiera sido testigo de una escena real de la vida. Esta mujer es el mayor genio de Europa, bella como una virgen de Rafael, sencilla, enérgica, ingenua, es la mayor cantante y la mayor trágica. Estoy entusiasmada.” Frédéric Chopin, deslumbrado por las estrellas de la ópera —Rubini, Lablache, Pasta, Schröder-Devrient, Cinti-Damoreau—, escribía: “Hoy en día, indiscutiblemente, no es la Pasta, sino la Malibrán la primera de Europa —una maravilla!!” 

Tras conquistar París, María se dirigió a Italia. Francesco Florimo, el gran amigo de Bellini, recordaba que al representar La sonnambula en Nápoles “la impresión que produjo fue tan honda que podía uno preguntarse si los honores del triunfo pertenecían a Bellini o a la artista excepcional que había sabido interpretarlo así. […] El célebre Crescentini […] decía, después de oir a la Malibrán en esta ópera, que los cantantes de tiempos anteriores, Farinelli, Gizzielli, Caffarelli, Marchesi, Velluti, La Conti, La Pasquali, la Gabrielli y él mismo, hubieran podido cantar el andante de la escena: Ah! non credea mirarti, tan bien como la Malibrán, pero no mejor que ella. Y respecto del allegro siguiente, nadie, ni siquiera alguna de estas celebridades pasadas, hubieran acentuado con mayor sentimiento, con una pasión más intensa, particularmente la frase Ah, m’abbracia, incomparable, y que transportaba al público al último grado del entusiasmo.” 

En diez años de carrera, María había sembrado una leyenda. A la vez que hacía suyos los roles más importantes del repertorio operístico de su época, María presentaba sus propias composiciones en las veladas musicales que eran parte fundamental de la vida cultural de las ciudades europeas y publicó cuatro colecciones de canciones, así como muchas canciones sueltas, que se editaron en Londres, Nápoles, Milán, Leipzig y París, desde 1828 hasta su prematura muerte en 1836.

Fue entonces el turno de la más pequeña, Pauline Viardot. Su formación musical había comenzado en México y continuó en París, donde estudió composición y piano. Con diez años, Pauline se encargaba de acompañar al piano las clases de canto de su padre y él dirigía su formación vocal. Tras la muerte de su padre, continuó su educación con su hermano Manuel Patricio, fue alumna de piano de Franz Liszt y se perfeccionó con Chopin. En 1837 comenzó su carrera como cantante, con gran éxito. Para el crítico y célebre maestro Heinrich Panofka, el debut de la joven en Londres fue “sin lugar a dudas el acontecimiento más importante de la temporada londinense.” Una temporada en la que las primeras figuras habían sido nada menos que Giulia Grisi, Fanny Persiani, Mario y Rubini. 

Pauline cultivó su propia personalidad artística y triunfó en los roles en los que todavía se recordaba la gloria de su hermana. Actuó con gran éxito en Europa y fue aclamada en San Petersburgo y Moscú durante varias temporadas. En concierto en Londres fue dirigida por Berlioz y se presentó junto a Chopin interpretando sus adaptaciones a voz y piano de las mazurkas del compositor. En 1849 estrenó El profeta, de Meyerbeer, el maestro indiscutido de la ópera francesa en su época. El rol de Fidés había sido escrito a la medida de la voz y las dotes actores de Pauline, que realizó cien representaciones de la obra de Meyerbeer en francés, italiano y alemán, a través de toda Europa. 

Las veladas en la casa de Pauline fueron punto de encuentro de artistas e intelectuales a los que estimulaba y apoyaba: Dickens, Bakunin, Berlioz, Rossini, Delacroix, Doré, Reynaldo Hahn, Chaikovski, Bizet (que alimentó su ópera Carmen con la música española que Pauline regularmente interpretaba), Gabriel Fauré, que dedicó varias obras a la familia Viardot, Massenet, Gounod, Brahms, entre tantos otros, frecuentaron su hogar a lo largo de varias décadas.

En 1859, el Teatro Lírico de París emprendió una recuperación de la versión francesa de 1774 de la ópera Orfeo ed Euridice de Gluck a cargo de Berlioz, adjudicando el rol de Orfeo a Pauline, quien colaboró junto al compositor en la revisión de partitura. Fue un gran éxito artístico y popular y los críticos alabaron la interpretación de Pauline como su mayor creación dramática. Berlioz decidió recuperar otra obra de Gluck, Alceste, que se estreno en 1861 y fue el último éxito de la carrera de Pauline como cantante que, tras veinticinco años, llegó a su fin en 1863. Desde entonces, dedicó su tiempo a la enseñanza y a la composición de obras para voz y piano (en francés, italiano, alemán y español), de música de cámara y de varias operetas. Las sesiones musicales en su casa eran el foco de la vida cultural allí donde estuviera su hogar. Pauline fue la compositora más prolífica de su familia; su talento, su capacidad de trabajo y su longevidad le permitieron desarrollar su estilo compositivo a través de más de seis décadas de evolución del arte musical en Europa.

El legado de Manuel García, padre, vivió con plenitud a través de sus hijos, verdaderos protagonistas de su tiempo. Fuera de los escenarios, su hijo Manuel Patricio comenzó su carrera pedagógica independiente en 1831. Entusiasta del conocimiento anatómico y fisiológico, presentó en 1840 en la Academia de Ciencias francesa su Memoria sobre la voz humana y publicó la primera parte de su famoso Tratado del arte del canto en el que cristalizó las enseñanzas de la escuela fundada por su padre, tendiendo un puente generacional desde la búsqueda científica del siglo XIX hacia la fuente original del arte del canto italiano que el padre había bebido de su maestro. Manuel Patricio se instaló más tarde en Londres, inventó el laringoscopio y dio a luz a sus alumnos más célebres: Jenny Lind, Julius Stockhausen, Charles Santley, Mathilde Marchesi, entre muchos otros. Richard Wagner envió a su sobrina Johanna a Londres estudiar con él y, advirtiendo el progreso de la joven, lo felicitó por ser “el mejor maestro de la escuela italiana de canto.” 

Las creaciones musicales de Manuel García, María Malibrán y Pauline Viardot nos acercan a la expresión de tres excelsos representantes de sus respectivas épocas, tres personalidades artísticas bien diferenciadas en un siglo de transformaciones vertiginosas. Creaciones nacidas a la luz de los principios estéticos fundados por el bel canto, vigentes a través de siete décadas de evolución musical en la obra de tres artistas que fueron españoles, europeos y del mundo entero.

GRABACIONES

Renée Doria y cantante no identificada.
Le prisonnier
María Malibrán

Marcella Sembrich
Aime-moi
Pauline Viardot, adaptación de la Mazurka en Re M op. 33 no. 2. de F. Chopin.

Rita Fornia
Aime-moi
Pauline Viardot, adaptación de la Mazurka en Re M op. 33 no. 2. de F. Chopin.

Fuentes

  • Alto: The Voice of Bel Canto, Dan H. Marek, Nueva York, 2016.
  • Bellini, memorie e lettere, Francesco Florimo, Florencia, 1882.
  • Dernières représentations de madame Malibran, Le globe, recueil philosophique et littéraire, Tome VI. Nº 69, París, 21 de Junio, 1828.
  • Life and Work of Pauline Viardot Garcia, Vol. I and II, Barbara Kendall-Davies, Newcastle upon Tyne, 2012 – 2013.
  • Los García, una familia para el canto, Andrés Moreno Mengíbar, Sevilla, 2018.
  • Manuel García (1775-1832), James Radomski, Madrid, 2002.
  • María Malibran, Carmen de Reparaz, Madrid, 1976.
  • Semblanzas contemporáneas: Rossini, Emilio Castelar, Habana, 1872.
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